Si en la crisis económica de los '80 se buscaba en las empresas de economía social (cooperativas y las creadas para el efecto S.L.L. y S.A.L.) una posible salida a la destrucción de empleo y el imposibilidad de encontrar una nueva ocupación por cuenta ajena, en la actualidad se está poniéndo el acento sobre la "capacidad emprendedora" para que cada ciudadano se busque su negocio y solucione su propia papeleta. Ésta evolución tiene su parangón legislativo en la regulación ya en 2.003 de la "Sociedad de Responsabilidad Limitada Nueva Empresa" como instrumento precisamente dirigido a dar respaldo a esta situación limitando la responsabilidad de uno o un número reducido de "emprendedores" y diferenciar esta situación de otras empresas más establecidas, pero sin las exigencias sociales que en su día se exigieron a las S.L.L. y que ya matizaban la obligada solidaridad de las cooperativas.
La reflexión sobre estas dos formas de enfrentarse al mismo problema pero con la búsqueda de una solución, colectiva estructurada en el primer caso e individual y no estructurada en el segundo, daría mucho que hablar sobre la evolución de la sociedad española en los últimos decenios; pero no es éste el objetivo de esta entrada, sino comentar el acierto o no del tan cacareado "emprendimiento" y el resultado que en la actualidad está dando.

Pero en la acepción actual de emprendedor, tan manida por las administraciones públicas y los medios de comunicación, aparece casi un sinónimo políticamente correcto del término empresario. Éste no sería tampoco un aspecto negativo (muchos emprendedores lo hacen bajo una fórmula empresarial, y esto les beneficia a ellos y nos beneficia a todos) si no fuera porque el término esconde cada vez menos disimuladamente un FRUSTRADO TRABAJADOR POR CUENTA AJENA QUE VE EN EL AUTOEMPLEO LA ÚNICA SALIDA PARA ESCAPAR DEL PARO,

En este sentido, desplazamos al verdadero emprendedor, aquél que es capaz de innovar, sustituyéndolo por un autónomo que se presta a serlo porque no le queda más remedio, porque no encuentra quién le contrate para hacer su trabajo por cuenta ajena, y se resigna a encargarse de una mínima gestión de su documentación y cobrar por unidad de obra, de uno o de pocos empleadores con los que no les une relación laboral alguna. Ésto es lo que se reconocía socialmente cuando hace algún tiempo se reguló (para dar una mínima protección) la figura del "autónomo dependiente".
Por último, señalar una vez más el artículo de Risto Mejido que ya comentamos en una entrada anterior y cómo incluso socialmente empezamos todos a ver con naturalidad esta situación que hace no tanto tiempo nos hubiera parecido irreal o una broma de mal gusto.